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Tú

 

La fila de los barcos imperiales recorría el Mediterráneo. Las velas parecían nubes mojadas. Era un día limpio y lleno de luz, y ni el menudo grito de los pájaros rapaces no predecía la muerte de alguien, tampoco la del Emperador. Pero, la escucha estaba tan larga como la vista con el catalejo, y los habitantes de la costa se habían aturdido de los gritos atareados y misteriosos de las olas que traían amenazas de velas del Invisible.

Los barcos imperiales regresaban del cumpleaños de un rey extranjero. El emperador le había enviado como regalo una prisionera con tres pechos y un rebaño de caballos selectos. El rey extranjero no había caído más abajo. Durante la orgia de una semana, habían degollado, asado y transformado en fecales mil bueyes, dos mil pollos gordos, y se habían vaciado veinte miles de odres de vino tinto como la sangre. El emperador y el rey extranjero habían reído a carcajadas, considerando el vino como sangre de enemigos. Uno no se saciaba de tal sangre.

La sonrisa que no pasará


Nos hemos desarraigado de una tierra; la tierra

se ha arrancado de nosotros.

En nuestro lugar y en lugar de la tierra,

se quedan heridas y las heridas sangran, y la sangre no fue vista por ninguno, muchos la lloraron, menos se rieron de ella

Hemos tenido paciencia.

Con heridas y sin tierra hemos errado por los caminos del mundo para 

encontrar un paisito lo menos extranjero, y lo más parecido con las heridas que habíamos dejado en la tierra de donde nos hemos desarraigado. Hemos errado sin pan, sin agua, sin esperanzas, pero ¿a quién se le ocurre pensar sobre las esperanzas, el agua y el pan, cuando la herida sobrepasa a todo? Hemos errado con angustias, visiones y lágrimas. Hemos errado sin nuestra tierra y con nostalgia. Hemos aguantado cuando todo lo que teníamos, todo lo que fuimos, se hicieron polvo.