La fila de los
barcos imperiales recorría el Mediterráneo. Las velas parecían nubes mojadas.
Era un día limpio y lleno de luz, y ni el menudo grito de los pájaros rapaces
no predecía la muerte de alguien, tampoco la del Emperador. Pero, la escucha
estaba tan larga como la vista con el catalejo, y los habitantes de la costa se
habían aturdido de los gritos atareados y misteriosos de las olas que traían
amenazas de velas del Invisible.
Los barcos imperiales regresaban del cumpleaños de un rey extranjero. El emperador le había enviado como regalo una prisionera con tres pechos y un rebaño de caballos selectos. El rey extranjero no había caído más abajo. Durante la orgia de una semana, habían degollado, asado y transformado en fecales mil bueyes, dos mil pollos gordos, y se habían vaciado veinte miles de odres de vino tinto como la sangre. El emperador y el rey extranjero habían reído a carcajadas, considerando el vino como sangre de enemigos. Uno no se saciaba de tal sangre.