Showing posts with label Petrit Mavrovi. Show all posts
Showing posts with label Petrit Mavrovi. Show all posts

Ojo

 


Aclaración: “...y en el mismo lugar (en Edén) residen las siete clases de los rectos. [...] En la cuarta clase se encuentran aquellos sobre quienes bajó la nube para taparlos. [...] No se sabe exactamente sobre quienes se habla aquí. Tal vez es la gente a quien Dios eligió, sea en la vida, sea cuando murieron, envolviéndola con una nube de gloria. Cuando Moisés subió a la montaña de Sinaí a coger el Tora, Dios lo protegió de la envidia de los ángeles, extendiendo sobre él una nube”. A. Cohen, El Talmud

 

La risa recogida (pero parcialmente escapada) en las páginas siguientes es el más completo testimonio de que aquellos que aquí se mencionan y aquellos que no se mencionan en ninguna parte no son hermanos gemelos. El parecido entre ellos no es del todo fortuito y, desgraciadamente, ni siquiera tienen alguna influencia extraordinaria en relación con la fuerza de las cosas. El autor  


Luego, bajó sobre el lago una nube reluciente y suave como si fuese de algodón, que no se sabía dónde fuese concebida, y las montañas alrededor parecieron dos veces más negras. La nube no se quedó mucho rato sobre las aguas, no fue vista por todos. Aquellos que tuvieron la suerte de verla, supusieron que el alma misma de las nieves milenarias, hastiada por los hechos de los mortales y de la impotencia de los colores de quedarse eternamente paradisíacos, se transformó en nube, apareció de paso sobre las aguas, quizá solo para anunciar dolorosamente la fuga, y se disolvió.

Un momento antes de su disolución, sobre la ciudad rebosó una aroma heterogénea y maravillosa de vírgenes, sauces, rastrojeras, barriles de vino y piedras de chispa, que se labran bajo las aguas. Los centelleos de la nube se extendieron por todas partes. Una parte de ellos, ya en forma de rayos extraterrestres, penetraron las aguas hasta al fondo. El interior de las aguas fue alienado. Los peces parecieron todos iguales, multicolores. Algunos entre ellos, un poco más hambrientos o simplemente por ser inspirados de aquella explosión de colores subacuáticas, no tardaron en saltar hacia la nube, con la boca abierta, con la esperanza de arrancarle algún trocito.

No se sabe qué suponían que es.

En cuanto a los otros peces, los ordinarios, incluso aquellas pocas carpas chinas negras, que habían evitado el castigo por parte de los koranes*, bailaron con locura entre las hierbas y los peñascos, soñando e implorando para que se quedaran así.

La vista podría maravillarte, aun si la vieras con ojo de cristal.

Yo no tenía sino un ojo de cristal: el de la izquierda.

El ojo del corazón.

 

Los beneficios que aportan las muertes violentas no se conocen como es debido. Los antiguos conocían justo novecientos tres maneras de muerte. No todas eran violentas. La más fácil era parecida con la erradicación del alma de su cuerpo igual como en los momentos cuando la mano saca un pelo de la leche. La más grave te recordaba la separación de una espina de la pilada de lana de ovejas. La muerte en agua, antes de ocurrir, te aterrorizaba, pero se decía que era la más agradable.

El padre


El padre vivía tan absorto en sus preocupaciones diarias, que había olvidado el sabor de los grandes desastres, personales. Pero también el sabor de las felicidades inesperadas. No se recordaba desde cuándo hubo perdido esos sabores. Ya se había acostumbrado sin ellas y no intentaba buscarlas en ningún sitio.

El padre no tenía nada de santo. Era delgado, zambo, con el aspecto de un lagarto aturdido, como nacido para morir vanamente.

Apenas había conquistado las sesenta primaveras. Estaba en la espera de esos pocos inviernos fríos que iban a poner el sello de la eternidad a las primaveras.

No sabía por qué no había muerto en vano. La longevidad le parecía una punición. Ya había acabado con su sentido de vida en este mundo. Quizás lo hubo acabado aun sin abrirlo. O quizá no entregaba el alma a Dios porque no tenía.

Era lunes por la tarde. Cumplía completamente sesenta primaveras.

Su mujer, Irma, y su hijo, Adriático, tenían que haber sufrido mucho en ahorrar para comprarle un pequeño pastel y sesenta velas. O habían pedido préstamo en algún sitio. Mejor si hubieran pagado la luz.

Las velas flameaban. Desde hace mucho, la casa no había estado tan luminosa. Como para testimoniarles que la luz de sobra les hacía daño, el Padre se inclinó soplando sobre las sesenta velas. Con el mismo furor habría soplado también a sus años. Y quizá no les hubo apagado hasta ahora porque le costaba creer. Si no hubiera tenido sea un poco de brío, habría apagado eses años. Pero le habían aventajado. Le habían apagado sus años sin pedirle permiso. Era un muerto viviente que se paseaba de un café al otro.